
La verdad es que nuestro vecino no era excesivamente simpático. Sin embargo, me llevaba muy bien con su hija Katy. Era sólo unos meses menor que yo, y aunque no vivía allí, cuando estaba en casa del sr. Blumrosen solíamos jugar durante horas. Era uno de esos días, así que no me importó que mis padres no fuesen a venir hasta la noche: nos íbamos a divertir de lo lindo. Tanto, que al final me caí en un charco y me puse perdido de barro. Como se dice vulgarmente, hasta las orejas.
De vuelta a casa, el sr. Blumrosen se mostró especialmente amable. Me dijo que me tenía que duchar, para quitarme todo ese barro de encima. De hecho, insistió en que Katy y yo nos duchásemos juntos, cosa que no me pareció mal: solía hacerlo con mis primos, cuando veraneábamos a orillas del lago Tahoe.
Estábamos en la ducha cuando alguien corrió la cortina... era el sr. Blumrosen, con una cámara de video. Katy y yo teníamos mucha vergüenza, pero él insistía, e insistía...
Fue la tarde de otoño más desagradable que se puedan imaginar. Todavía lloro cuando la recuerdo. Lágrimas de rabia. Lágrimas de impotencia. Hay cosas que la justicia no puede devolver...
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Foto: cybertoad
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1 comentario:
buenas acabo de encontrar tu blog por la red. A ver si asi estamos más en contacto que te veo de pascuas en viernes.
tu primo fran
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